LEPTIS MAGNA, LA ROMA DEL DESIERTO

La ciudad de Leptis Magna debe su fundación a los fenicios. Situada en la desembocadura del Wadi Lebda, su orografía era la ideal para el establecimiento de una colonia fenicia, en este caso de la ciudad de Tiro. Es decir un territorio fértil, con salida al mar y en las cercanías de las rutas caravaneras que venían del interior del desierto del Sahara. Desafortunadamente son muy escasos los restos de este periodo, que se circunscriben a unas pocas tumbas de los siglos III-IV aC. Así como las escasas fuentes, las cuales nos desvelan una próspera ciudad púnica al servicio de Cartago, la capital de los cartaginenses.

Tras la segunda guerra púnica la ciudad pasará a estar regida por los númidas al servicio de los romanos, en concreto tras alguna especie de pacto entre el rey númida Missinisa y las autoridades romanas. Aunque se trata de un periodo bastante desconocido y no se descarta que pasara de manos númidas a cartaginesas, debido a sus continuas disputas.   Posteriormente a finales del siglo I aC., ante el levantamiento de Yugurta contra Roma, la ciudad de Leptis Magna se convirtió en residencia militar romana, desde ese momento se mantendrá definitivamente en la órbita de Roma.

Leptis Magna romana
La anexión definitiva de la ciudad a las estructuras romanas se produjo tras la Batalla de Tapso (46 aC.). Dicha guerra tuvo como contendientes al Senado Romano encabezado por los herederos políticos de Pompeyo, con la ayuda de los Númidas, contra las tropas de Julio Cesar. La victoria de este último acabará imponiendo a la ciudad de Leptis Magna su anexión la provincia romana de África.

Su progreso político, económico y social  a partir de ese momento fue en continuo crecimiento, a la misma vez que se iba gestando la ciudad romana de Leptis Magna. Desde los tiempos del primer emperador Augusto (27aC.-14 dC.) se introdujeron en la antigua ciudad púnica los planes urbanísticos romanos, es decir la clásica retícula atravesada por el cardo y el decumanus. Además  de los primeros edificios propiamente de la cultura romana, como fueron el mercado y el teatro.

Su sucesor Tiberio no le fue a la zaga, acometiendo la construcción del templo de Roma y de Augusto en el entorno del primer foro de la ciudad. Tras este posiblemente Nerón, le concedió el estatuto de municipio romano y finalmente Trajano la convirtió en Colonia.

Con todo ello Leptis Magna estaba preparada para ver nacer al primer emperador romano nacido en África, descendiente de una familia de bereberes númidas. En concreto este hecho se produjo el 11 de abril del año 146, evidentemente nos referimos a Septimio Severo emperador entre 193-211. Desde su nombramiento, el embellecimiento de su ciudad natal sería un aspecto muy importante para el nuevo emperador. De tal manera, que durante el periodo de la dinastía severa, que incluye sus sucesores, Leptis Magna se convirtió en la ciudad romana más bella de toda África.

El declive de Leptis Magna
Se puede decir que nuestra protagonista pasó en pocos años del todo al nada. Tras la caída de la dinastía Severa, la gran crisis del siglo III pasó factura a Leptis Magna, los problemas surgieron por motivos naturales, el torrente que pasaba por la ciudad fue anegando las calles, mientras las arenas del mar eran arrastradas a los bordes de la ciudad. Poco a nada se podía hacer, ya que la comentada crisis no dio la oportunidad de acometer las obras urbanísticas necesarias para revertir la situación.

El siglo siguiente la ciudad fue continuamente presa de las tribus bereberes, su debilitamiento fue de la mano  del declive del Imperio, hasta que en el año 445 es tomada por los bárbaros vándalos. Aunque durante el periodo bizantino, entre finales del siglo VI y principios de VII, pareció resurgir, la llegada de los musulmanes la sumió en las arenas de la costa tripolitana.

Allí se mantuvo hasta principios del siglo XX, momento en el que los arqueólogos italianos comenzaron a sacar a la luz esta joya del Imperio romano, la cual fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982.

Los edificios más destacados de Leptis Magna.
Algunas fuentes señalan que en Leptis Magna pudieron existir cerca de 180 edificios públicos, que daban servicio a más de 100.000 romanos en tiempos de la Dinastía Severa.

Zona próxima al mar.
Como toda ciudad costera que se precie, Leptis Magna contaba con un espectacular puerto de más de 100.000 m2, rodeado de templos, pórticos y almacenes. Construido sobre los restos del antiguo puerto púnico fue adecuándose al crecimiento de la ciudad, por lo que la última restauración en tiempos de los Severos quedó completada con un gran pórtico de columnas dóricas. Otros edificios anexos al puerto era el faro de la ciudad y dos templos uno de ellos dedicado al Dios Júpiter.

Muy cerca del puerto se localiza el primer foro de la ciudad, hoy denominado Foro Viejo. Fue construido durante el mandato de Augusto, posiblemente sobre los restos de la ciudad púnica. Entre dicho foro y el mar se alzaron tres templos, uno de ellos en honor a Hércules, el siguiente a Liber Pater y entre ambos el principal de ellos, erigido por Tiberio en honor a Roma para divinizar al primer emperador Augusto.

La ciudad de los arcos romanos
Por otro lado parece ser, que cada emperador tenía costumbre por hacerse construir en Leptis Magna su propio arco, o al menos esto podemos deducir de la proliferación de estos monumentos en dicha ciudad. Por orden destacar los de Tiberio y Vespasiano, este último el único que genera dudas reales sobre su origen. Para continuar con los emperadores antoninos, encabezados por Trajano, Antonino Pio y Marco Aurelio. Pero el que se llevó la palma fue el erigido en honor a su hijo predilecto, el arco de Septimio Severo, situado en una de las entradas que vienen del suroeste, es un espectacular tetrápilo en el cual aparecen representados la familia de los severos.

Zona oeste de Leptis Magna
En la zona más occidental de la ciudad, en las proximidades del limes de la misma, se construyeron tres de los edificios más significativos de la cultura romana. Por un lado el mayor teatro romano que se construyó en todo el continente africano, edificado por el primer emperador Augusto, y que hoy día uno de los edificios más significativos de las ruinas de Leptis Magna y uno de los teatros mejor conservados del mundo.  Construido bajo el mecenazgo de un tal Annobal Rufo, es una muestra de los poderes locales que adquirieron los ricos comerciantes de la nueva ciudad romana.

Precisamente para fomentar ese comercio, principal fuente de ingresos de Leptis Magna, en la insula contigua se construyó con anterioridad al teatro, el mercado de la ciudad. De estructura rectangular y con dos grandes construcciones circulares en el centro del mismo, las tiendas y tabernas daban al interior del recinto. Este espacio comercial fue completado unas décadas después con otro edificio destinado al mismo uso, se trata del “Chalcidicum” también de forma rectangular y rodeada de un pórtico donde se alojaban las tiendas.

Termas, circo y anfiteatro
Edificios que no pueden faltar en una ciudad romana que se precie como tal. La termas romanas fueron construidas por el emperador viajero, Adriano, como es conocido, un enamorado del continente africano. Fueron situadas al lado del cauce del Wadi Lebda completadas con una Palestra y ambas de grandes dimensiones, queda constancia de grandes obras de mejoras durante los mandatos de Cómodo y por supuesto de los Severos.

El anfiteatro romano con capacidad para más de 15.000 espectadores fue construido cerca del mar, fuera de la ciudad en la zona más oriental de la misma, debió ser una de las zonas más perjudicadas por la crisis del siglo III y por lo tanto de los primeros edificios que se abandonaron.

La ciudad completada por los Severos
Recordar que la Dinastía de los Severos procedentes de esta ciudad mandó en el Imperio entre los años 193-235. A parte de los edificios que nombraremos, es preciso comentar que la ciudad fue sometida en este periodo a una gran ampliación. El proyecto urbanístico fue dirigido por un amigo personal de Septimio Severo, conocido como Fulvio Plautiano. Toda esta ampliación tiene el sello de los gustos personales del emperador y de su esposa Julia Domna, su origen siriano llevo a la ciudad africana a tener una fisonomía muy cercana a las grandes ciudades romanas de oriente Próximo, como por ejemplo Palmira.

Entre los edificios construidos en esta época destaca el foro Severiano, que tenia las dimensiones de un campo de fútbol actual (100 x 70 m). Rodeado en tres de sus lados de un espectacular pórtico con columnas, sus capitales recuerdan a los de Pérgamo y además fueron construidos en Asia Menor, único espacio geográfico con ese tipo de mármol blanco.

La Basílica de los Severos en Leptis Magna
La basílica es de planta cuadrada con tres naves y dos de ellas culminadas en ábside, fue construida en la zona más cercana a la ciudad vieja. Por último destacar otro nuevo templo construido entre el foro nuevo y la zona de las termas, que recuerda al Altar de Pérgamo, para su culminación fue revestido con un espectacular granito de color rojo.

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TRANSCRIPCIÓN DE PALABRAS GRIEGAS: REGLAS Y EJERCICIOS

En esta página de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) encontrarás en la pestaña de Humanidades un ejercicio para practicar las reglas de transcripción de las palabras griegas al latín y al castellano (puedes descargarlas aquí). Cuando hayas terminado con este ejercicio, puedes ir a la pestaña Divinidades y seguir practicando el alfabeto al tiempo que repasas los nombres y hechos de algunas divinidades.

VESTALES: LAS SACERDOTISAS VÍRGENES DEL IMPERIO ROMANO

Vesta era la diosa protectora del hogar y del estado de bienestar en Roma. Aunque conocida ya desde la antigua Grecia como hija de Rea y Cronos, es el Imperio romano el que le otorga el privilegio de convertirse en el fuego sagrado de Roma. Su efigie  es representada como una mujer que sostiene en una de sus manos un cuenco votivo mientras que en la otra alza una antorcha.

Cuenta la leyenda —y así lo explica la mitología griega —, que en los albores de la existencia de los dioses, Vesta fue cortejada por Apolo y Neptuno, pero rechazó a ambos, manteniéndose virgen y pura para toda la eternidad. Este sacrificio que la diosa otorgó a la humanidad la llevó a ser eternamente representada junto al Fuego Sagrado de Roma o Fuego de la Vida, que para los antiguos romanos suponía uno de los emblemas más importantes del imperio.

Los orígenes de la diosa, aunque se supone que se remontan hasta tiempos inmemoriales, están realmente constatados a través de escritos que datan de la época de los reyes romanos, mucho antes de la República y el Imperio, cuando Roma todavía mantenía como forma de gobierno la monarquía.

Aunque contamos con una visión o representación de la diosa, quizá idealizada, como una bella mujer que cuidaba y protegía al gran imperio, lo cierto es que nunca se ha encontrado ninguna estatua que represente a una virgen Vestal como tal. La imagen que nos hemos formado de ella nos ha llegado a través del grabado de una moneda que se encontró en lo que fue el templo de la diosa en la antigua Roma. Pero aunque su efigie no haya llegado de forma nítida hasta nuestros días, esto no resta importancia al gran poder que alcanzó su culto en la ciudad de las siete colinas.

Al fuego, ya fuera de forma simbólica o de manera física, siempre se la ha otorgado un lugar de gran relevancia y privilegio entre las necesidades de los distintos pueblos y civilizaciones a lo largo de la historia. Es en Roma donde se convertiría, además, en verdadera condición sine qua nonpara su existencia y desarrollo. Por ello, no sólo se hizo necesaria la construcción de un templo dedicado a la diosa, sino que además éste debía contar con las sacerdotisas más dedicadas, entregadas y serviciales que el imperio romano pudiese ofrecer.

Para entender tal adoración al fuego, mantenida desde la antigüedad, hay que tener en cuenta que para los pueblos más primitivos, el encendido y conservación del fuego ya era una labor que conllevaba cierta dificultad y laboriosidad. Por eso se solía disponer de un fuego común en el poblado (fucus publicus) y otro dentro del núcleo familiar, de forma que si el fuego se apagaba en el hogar siempre hubiera otro disponible con el que poder encenderlo de nuevo. Tradicionalmente, el fuego comunitario era atendido y custodiado por jóvenes mujeres que todavía no se habían casado, y por tanto no tenían hijos, ni tareas domésticas que atender.

En caso de que el fuego se extinguiera, presagiaba un gran infortunio para toda la comunidad, que auguraba funestas consecuencias. Esa sensación de desamparo que suponía perder el fuego se trasladó años después a los cultos llevados a cabo por las diferentes civilizaciones. Por tanto, el sagrado fuego de Roma debía mantenerse siempre vivo y las vestales, solo seis de ellas, serían las elegidas. El emperador se dirigía a la elegida entre todas las que aspiraban a servir a la diosa con las palabras “Te tomo a ti, amada”.

Vida de una vestal 
Las vestales eran seleccionadas entre las mejores familias patricias de Roma, las más distinguidas, las más ricas, las más poderosas. Las niñas, que tenían entre seis y diez años, debían ser perfectas, no sufrir ningún defecto físico y contar con una natural belleza. Las pequeñas eran separadas de sus familias para ingresar en el templo y dedicar sus vidas, exclusivamente, al servicio de la diosa virgen durante, al menos, los siguientes treinta años.

Durante los diez primeros años, las vestales se convertían en estudiantes, aprendiendo todo lo relacionado con la religión, el culto a Vesta y las diferentes tareas en el templo. La segunda década la dedicaban al cuidado de la Llama Sagrada y a la participación en ceremonias de consagración. Durante sus últimos diez años se convertían en maestras de las jóvenes discípulas. Tras todos estos años de servicio a la diosa, cada virgen vestal podía decidir si quería abandonar definitivamente el templo o vivir en él para el resto de sus días. Pocas eran las que elegían vivir fuera de la protección de los muros del templo. No sólo porque una mujer de casi cuarenta años era prácticamente una anciana en la antigua Roma, sino porque ser una virgen vestal era unos de los mayores privilegios que una mujer podía disfrutar en Roma.

Las vírgenes vestales eran tratadas casi como diosas encarnadas. Respetadas y adoradas por todos, eran invitadas a grandes banquetes y fiestas organizadas por las más grandes y pudientes familias romanas. Ocupaban los mejores asientos en teatros y celebraciones, cuando salían del templo lo hacían siempre escoltadas por lictores, y su mera presencia llegaba a ser tan importante que un condenado podía llegar a ser perdonado por su crimen en caso de que en su camino hacia la ejecución una virgen vestal se cruzara con él. Incluso podían participar en el veredicto a un gladiador.

Vestían túnicas blancas confeccionadas con el mejor y más fino lino, ribeteadas con hilo de color púrpura. Sobre sus cabezas lucían siempre una diadema a la que llamaban vitta. Eran la viva imagen de la pureza y la castidad. Nadie osaba tocarlas, un simple gesto irreverente hacia una de las elegidas de Vesta podría significar la muerte de quien osara ofenderlas. Pero disfrutar de tal distinción en la antigua sociedad romana conllevaba al mismo tiempo el mantenimiento de los votos que las vírgenes vestales habían jurado mantener desde niñas.

Los Votos
Los votos se resumían en mantener siempre encendido el fuego de Vesta y, al igual que la diosa, continuar siendo vírgenes y puras durante sus años de servicio en el templo. Ser una virgen vestal en Roma era un título que muchas hubieran deseado ostentar, pero el castigo en caso de que una vestal rompiese sus votos era asimismo terrible.

Aunque no fuera una práctica habitual —en los casi mil años que duró el culto de adoración a Vesta solo se registraron alrededor de veinte casos en los que alguna vestal fuera castigada por romper sus votos—, el hecho de que una vestal mantuviera relaciones íntimas con un hombre era considerado una traición y un delito de incesto, ya que como sacerdotisa vestal se la consideraba hija de Roma y cualquier relación que mantuviera era vista como incestuosa.

Una vez que se tenía constancia de la traición a sus votos, la vestal era despojada de sus ropas e insignias religiosas. Luego era vestida con una especie de sudario fúnebre y maniatada, siendo considerada desde ese momento una especie de cadáver. Después era colocada sobre una litera pasando a ser exhibida en procesión por toda la ciudad como escarmiento, a fin de que todos los ciudadanos fueran conscientes de su castigo. Finalmente era conducida hasta el Campus Sceleratus (Campo de los Malvados) en las afueras de la muralla Serviana donde, a través de una escalera subterránea, era introducida en una cripta donde permanecería sepultada hasta encontrar la muerte. Además, en la cripta se colocaba una pequeña cantidad de agua y comida para convertir su muerte en una lenta agonía.

La Gran Cornelia
El emperador, como Pontifex Maximus, era el encargado de ejecutar la sentencia. Como en todas las sociedades o cultos, entre la vírgenes vestales también existían diferentes graduaciones, y la jerarquía la encabezaba la Máxima Sacerdotisa. Una de ellas fue la gran Cornelia, acusada y ejecutada —sin ninguna prueba— por el delito de incesto en tiempos del emperador Domiciano. Así nos lo dejó escrito Suetonio:

Estableció penas diferentes, pero siempre severas, contra los desórdenes sacrílegos de las Vestales, sobre los que su padre y su hermano habían cerrado los ojos. Estas penas fueron, primero, la capital, y más adelante el suplicio ordenado por las leyes antiguas. Permitió, por ejemplo, a la hermana Ocelata, y después de ésta a Varronila, que eligieran el tipo de ejecución, y se limitó a desterrar a sus seductores; pero a la Gran Vestal Cornelia la hizo enterrar viva…

En el año 91 a. C Domiciano declaró a Cornelia culpable, sin darle siquiera audiencia. Algo que resulta irónico y contradictorio, cuando él mismo había cometido incesto con la hija de su hermano.

Desaparición y leyendas
Posteriormente, en el año 394, el emperador Teodosio disolvió definitivamente las vestales. Ese mismo año, la que fuera última Vestalis Máxima, Coelia Concordia, dimitió como máxima autoridad vestal antes de que éste la depusiera de su cargo, convirtiéndose algunos años después al cristianismo, que ya se había establecido como religión oficial del Imperio romano. La misión de salvaguardar el fuego eterno había terminado, y con ella las únicas sacerdotisas que existieron durante el Imperio Romano.

Entre las leyendas que corren acerca de estas mujeres tan veneradas en la antigua Roma, destaca una por el mensaje que trasmitió en su momento, así como por su contexto histórico: la traición de la vestal Tarpeya.

La leyenda cuenta que mientras Roma estaba asediada por el rey sabino Tito Tacio, Tarpeya, hija del comandante de la ciudadela, Espurio Tarpeyo, se acercó al campo sabino y les ofreció entrar a cambio de “lo que llevaban en sus brazos izquierdos”. Deseando el oro, se refería a sus brazaletes. Pero en lugar de ello, los sabinos le lanzaron los escudos —que portaban en el brazo izquierdo— encima, y así fue aplastada hasta la muerte bajo su peso.

Su cuerpo fue entonces lanzado desde la roca Tarpeya, que pasó a ser conocida como el lugar de ejecución para los más destacados traidores de Roma. Los sabinos fueron, sin embargo, incapaces de conquistar el foro, al quedar sus puertas milagrosamente protegidas por chorros de agua creados por Jano, el dios romano guardián de las puertas. El mensaje, fuera como fuese, siempre estaba  claro: cualquier traición a Roma se pagaba con la muerte.

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EL HUMOR EN ROMA: ¿DE QUÉ SE REÍAN LOS ROMANOS?

En la antigua Roma las burlas y chistes formaban parte del día a día de los ciudadanos, y no perdonaban a nadie. Los soldados eran especialmente dados a las pullas, incluso en momentos de gran solemnidad como los desfiles triunfales de los generales victoriosos en Roma.

Escena de una comedia de Plauto. Pintura en el atrio de la casa de Publio Servilio Casca en Pompeya.
Suele decirse que cada pueblo tiene un sentido del humor propio, que a veces resulta difícil de comprender para los demás. En el caso de la antigua Roma, ese sentido del humor reflejaba el carácter de lo que en sus orígenes fue un pueblo de campesinos y soldados, y se caracterizaba por lo procaz y punzante. Este humor cáustico, llamado a veces italum acetum o "vinagre itálico", constituye el reverso de la imagen de respetabilidad y seriedad, llamada también gravedad o gravitas, que los ciudadanos de la élite romana buscaban transmitir.

Tras la muerte de Plauto, el más popular de los comediógrafos romanos, se decía que la risa, el juego y la broma habían llorado juntos. Por sus obras desfilan los tipos sociales más comunes: el viejo libidinoso que compite con su hijo por una bella cortesana, la matrona romana que exhibe su prepotencia y su derroche, el esclavo inteligente y enredón en contraste con el parásito muerto de hambre, el soldado fanfarrón, el alcahuete despiadado que produce repugnancia o los banqueros avaros y codiciosos. Plauto aumentaba los defectos de cada personaje para provocar la risa, y para ello no dudaba en recurrir al lenguaje popular. "¡A casa de la muy perra es a donde iba, el muy golfo, corruptor de sus hijos, borracho, miserable!", prorrumpe una esposa engañada en La comedia de los asnos.

Mofa a los emperadores
Caricatura de Istadicio Rufus aparecida en uno de los muro de la Villa de los Misterios en Pompeya
Los emperadores tampoco se libraban de los apodos burlescos. Cuando Tiberio era todavía un soldado se burlaban de él en el campamento haciendo un juego de palabras con su nombre: Tiberio Claudio Nerón, que se transformaba en un jocoso Biberio Caldio Merón, con el que se aludía a su condición de bebedor, al gusto que tenían los romanos por el vino caliente (calidus) y a la no menor afición por el vino puro, sin mezclar (merum).

Los soldados eran especialmente dados a las pullas, incluso en momentos de gran solemnidad como los desfiles triunfales de los generales victoriosos en Roma. Por ejemplo, en el triunfo que celebró en el año 46 a.C., Julio César tuvo que aguantar las chanzas de sus soldados, que cantaban:"Ciudadanos, guardad a vuestras mujeres, traemos al adúltero calvo", aludiendo a la vida disoluta de su general. 

También circularon burlas sobre su acentuada calvicie y se hicieron alusiones maliciosas a sus relaciones con el rey de Bitinia: "César sometió a las Galias, Nicomedes a César", se decía, jugando con el doble sentido de someter, "poner debajo". Todo ello no era sólo una forma de divertirse, sino quizá también servía para evitar la excesiva soberbia del comandante victorioso.

En Roma, el chisme, la gracia y la burla estaban a la orden del día y en boca de todos. Cicerón decía que nadie estaba a salvo del rumor en una ciudad tan malediciente como Roma. Precisamente personas de la alta sociedad como el famoso orador, que se suponían imbuidos de gravitas, practicaban el humor tanto en sus discursos públicos como en su vida privada. En una ocasión en que Cicerón vio a su yerno Léntulo, que era de baja estatura, con una gran espada ceñida exclamó: "¿Quién ha atado a mi yerno a una espada?". A propósito de una matrona romana ya entrada en años que aseguraba tener sólo treinta, comentó: "Es verdad, hace ya veinte años que le oigo decir eso".

En uno de los muros de la villa de los Misterios, en Pompeya, se halló una caricatura con una inscripción en su parte superior: "Rufus est" (es Rufo). Se sabe que el dueño de la casa se llamaba Istacidio Rufo, por lo que se cree que alguien de la casa, tal vez un esclavo descontento, quiso burlarse así de un amo poco estimado.

El emperador Augusto también gozaba de un gran sentido del humor. Cuando el cónsul Galba, que era jorobado, le dijo que le corrigiera si tenía algo que reprocharle, Augusto le respondió que podía amonestarle, pero no "corregirle", jugando con el doble sentido del verbo corrigere, que en latín significa "corregir", pero también "enderezar o poner derecho".

Las bromas o insultos no siempre sentaban bien al destinatario. Sabemos que un tal Cornelio Fido se echó a llorar en pleno Senado cuando otro le llamó "avestruz depilado". En ocasiones reírse en público podía resultar peligroso. En 192 d.C., el historiador Dión Casio estaba en el Coliseo con otros colegas senadores cuando el excéntrico emperador Cómodo, que actuaba en la arena, mató un avestruz, le cortó la cabeza y se dirigió hacia ellos explicando mediante gestos amenazadores que podían acabar igual que el ave. A los senadores la situación les provocó tal hilaridad que estuvieron a punto de echarse a reír; para evitarlo, Dión empezó a masticar hojas de laurel de su corona, gesto que sus compañeros se apresuraron a imitar.

Bufones y enanos, cómicos de palacio
Enano bufón. Vasija de barro procedente de Herculano. Siglo I
La corte imperial contaba con bufones y enanos para diversión del emperador. Augusto y su círculo disfrutaban de las bromas de un bufón llamado Gaba. Tiberio, por su parte, tenía un enano entre sus bufones. Domiciano asistía a los espectáculos de gladiadores con un jovencito que tenía una cabeza pequeña y monstruosa. Vestido de escarlata, se sentaba a los pies del emperador, con quien hablaba tanto en broma como en serio. En época de Trajano las humoradas corrían a cargo de un tal Capitolino que, según el poeta hispano Marcial, superaba a Gaba en gracia.

Las mujeres también podían servir como bufones o ser objeto de burla. En una de sus cartas, Séneca cita a una tal Harpaste, una sirvienta boba que le había dejado en herencia su primera esposa. El filósofo, con gran humanidad, declara que siente aversión a reírse de este tipo de personas deformes y añade que cuando quiere divertirse se ríe de sí mismo. 

El humor estaba presente en las conversaciones de la calle y de la taberna, que no podemos escuchar pero de las que quedan rastros en los grafitis de las paredes de Pompeya, llenos de bromas, insultos y caricaturas de personas reales. Por ejemplo, los huéspedes descontentos de una pensión escribieron: "Nos hemos meado en la cama. Lo confieso. Si preguntas por qué: no había orinal". En Roma, cuando un tal Ventidio Baso pasó de arriero a las más altas magistraturas, el pueblo se escandalizó y algunos escribieron por las calles de la ciudad los siguientes versos: "¡Venid todos corriendo, augures, arúspices! Ha surgido un portento inusitado: el que frotaba a los mulos, ha sido hecho cónsul".

Burlas en verso
Rastros del humor popular pueden verse quizás en algunos epigramas satíricos de Marcial, que se burlaban de los defectos físicos y el carácter de sus contemporáneos. En ellos primaba la brevedad y la agudeza de la parte final, donde residía la gracia. El humor cáustico es evidente en estos ejemplos: "Quinto ama a Tais". "¿A qué Tais?". "A Tais, la tuerta". "A Tais le falta un ojo solo, a él los dos".

Pero tenemos que esperar al siglo V d.C. para encontrar un verdadero libro de recopilación de chistes. Está escrito en griego y se titula Philogelos, "el amante de la risa". Contiene 265 historias graciosas de muy variado tipo. Algunas tienen como protagonistas a los abderitas (de Abdera, en el norte de Grecia), que en la Antigüedad estaban considerados los tontos por antonomasia, junto con los habitantes de Cumas, cerca de Nápoles. Otros los protagonizan eunucos, falsos adivinos y personajes misóginos. Entre estos últimos se encuentra uno que muestra que ciertas formas de humor son una constante de todas las épocas. Un hombre estaba enterrando a su esposa y cuando alguien le preguntó: "¿Quién descansa?", respondió: "Yo, que me he librado de ella".

Los chistes recogidos en el Philogelos muestran que, en la Antigüedad grecorromana, las chanzas alcanzaban a todas las profesiones y condiciones. 

Uno que regresaba de un viaje preguntó a un falso adivino por su familia. Éste dijo: "Todos están bien, incluido tu padre". Al decirle: "Mi padre hace ya diez años que ha muerto", respondió: "No conoces a tu verdadero padre".

Un abderita viendo a un eunuco conversar con una mujer le preguntó si era su esposa. Cuando el eunuco le dijo que él no podía tener esposa, respondió: "Entonces es tu hija".

Uno al encontrarse con un intelectual dijo: "El esclavo que me vendiste ha muerto". "¡Por todos los dioses! –respondió–. Cuando estaba conmigo nunca hizo tal cosa".